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Escaparate mundial para la lucha por los desaparecidos

Orsetta Bellani, El Gara (Foto: O.B.)

Cada día, Kenia García Chulín se pregunta por qué su familia fue desaparecida. «Mis padres eran taqueros y mi hermano tiene solo 12 años, lo que pasó es que simplemente se encontraban en el lugar equivocado en el momento equivocado», dice la joven de 20 años que estudia Economía.

En noviembre de 2024, su madre, Rosario; su padre, Luis; y su hermanito, Emmanuel, salieron con otras cuatro personas de San Cristóbal de Las Casas, en el estado de Chiapas, hacia un poblado ubicado a hora y media de allí para reparar una camioneta descompuesta y pasar el resto del día en un balneario.

Su hija los llamaba y no contestaban, su angustia empezó a crecer y cuando a la noche no regresaron a casa sintió como si le cayera un balde de agua fría encima. «Si yo no busco a mi familia, nadie lo va a hacer. Si no me levanto por ellos, nadie me va a levantar y esto es lo que me da fuerza, es lo que me mantiene aquí», afirma la joven.

En víspera del comienzo del Mundial de Fútbol en México, como muchos otros familiares de personas desaparecidas, Kenia García se pregunta cómo es posible que un país en el que hay más de 134.000 personas desaparecidas y donde hay tanta falta de recursos para la búsqueda e identificación de los ausentes, se invierta tanto dinero en un evento deportivo.

«¿Cómo pueden celebrar el mundial?» 

«A México le está quedando muy grande el Mundial», afirma sin rodeos. Para ella, el problema de fondo es que el Gobierno prioriza la imagen que proyecta hacia afuera mientras ignora lo que ocurre puertas adentro: los desaparecidos, los hospitales que se caen a pedazos, la inseguridad que padecen los propios ciudadanos. «¿Cómo pueden celebrar el Mundial como un logro cuando el país está cayendo a pedazos?», cuestiona.

Las raíces de la crisis de desapariciones forzadas en México se hunden en el periodo de la llamada Guerra Sucia, entre 1965 y 1990, cuando el Estado reprimió a movimientos estudiantiles, campesinos y guerrilleros bajo una lógica contrainsurgente.

Patricia del Carmen Ton Méndez del Comité Junax Ko’tantik en el parque central de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, en ocasión del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Foto: Orsetta Bellani

«Ahora no es lo mismo que entonces: el Estado ya no está persiguiendo a personas por sus opiniones políticas», dice Patricia Aracil Santos, coordinadora de la Colectiva Cereza, agrupación que brinda acompañamiento psicosocial y jurídico a mujeres que se encuentran en situación de cárcel y a familiares de personas desaparecidas en Chiapas.

«Sin embargo, hoy en día en México seguimos hablando de desapariciones forzadas -que, por definición, implican el involucramiento de agentes del Estado- porque existe acción directa, omisión, aquiescencia o colaboración de las autoridades con la delincuencia organizada. Hay elementos de la seguridad del Estado que incluso actúan como sicarios», asegura.

Las bases de esta emergencia humanitaria las sentó en 2006 el expresidente Felipe Calderón Hinojosa, que declaró la guerra al narcotráfico al normalizar la violencia como telón de fondo de la vida cotidiana. A la propagación de esta crisis, que año tras año se ha profundizado, ha contribuido la impunidad de la que gozan los perpetradores y la existencia de «redes de macrocriminalidad», conformadas por estructuras políticas, criminales y empresariales que actúan de manera coordinada a costa de violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos.

A costa de su vida 

En estas dos décadas, las desapariciones forzadas, las masacres y los enfrentamientos se extendieron desde las regiones del centro-norte hasta abarcar todo el territorio mexicano. También en estados del sureste como Chiapas y Quintana Roo comenzaron a surgir colectivos de familiares de personas desaparecidas -hay cientos en todo el país-, integrados principalmente por madres.

Las Madres Buscadoras no solo denuncian y se movilizan ante la inacción del Estado, toman pico y pala y buscan con sus propias manos a sus seres queridos en los lugares donde se presume que el crimen organizado entierra cuerpos -desiertos, bosques, parcelas…-. A veces lo hacen a costa de su propia vida. Según Amnistía Internacional, desde 2011, 35 personas dedicadas a esta labor, 21 de ellas mujeres, han muerto de forma violenta.

Los primeros en considerar la posibilidad de aprovechar la visibilidad internacional que el Mundial de Fútbol dará a México para denunciar la crisis de desapariciones forzadas han sido Ricardo García y Vanessa Gámez. En julio del año pasado, su hija Ana Amelí García Gámez fue a hacer senderismo en el Parque Nacional Cumbres del Ajusco, cerca de la capital mexicana, y desde entonces no se sabe nada de ella. Las investigaciones sobre su caso no registran avances, a pesar de contar con Medidas Cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y una Acción Urgente de las Naciones Unidas.

«El Gobierno mostrará estadios, fuegos artificiales y celebraciones. Nosotros mostraremos la verdad, porque no puede haber fiesta mientras hay luto. Porque no puede haber Mundial mientras México desaparece a su gente. Porque nuestros hijos no merecen ser olvidados para que otros celebren», subrayan en un comunicado los padres de la joven de 20 años.

El matrimonio ha convocado una movilización en todos los accesos al Estadio Azteca de Ciudad de México para mañana 11 de junio, cuando se jugará el partido inaugural del Mundial de Fútbol, con la intención de formar vallas humanas pacíficas y llevar fotografías de sus seres queridos sin impedir el ingreso de los aficionados, ya que su objetivo no es boicotear el evento deportivo, sino visibilizar su dolor ante la opinión pública internacional.

Familiares de desaparecidos escarban una fosa clandestina en un rancho llamado La Gallera, en el Estado de Veracruz. Foto: Orsetta Bellani

De forma sucesiva se han multiplicado las convocatorias de este tipo: el día del partido inaugural se llevará a cabo en la capital mexicana una megamanifestación en la que las Madres Buscadoras marcharán a lado de trabajadores de la educación, transportistas, campesinos y de otros sectores.

Han sido varias las movilizaciones realizadas por los familiares de las personas desaparecidas en las semanas previas en el marco del Mundial de Fútbol: movilizaciones frente a la sede donde entrena la selección local, marchas con velas, pegada de carteles y fichas de búsqueda en las calles, y se han organizado partidos de fútbol en la vía pública, en los que los jugadores llevan camisetas con la imagen de alguna persona ausente. Su protesta no es contra el fútbol -aclaran-, sino de la inacción institucional.

Meses antes del Mundial de Fútbol, organismos internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el Comité contra la Desaparición Forzada (CED) de las Naciones Unidas han llevado la crisis de las desapariciones forzadas en México al debate internacional.

En un informe del pasado abril, el CED constata que más de un tercio de las acciones urgentes por este delito a nivel mundial provienen de México y señala el involucramiento de servidores públicos en muchas desapariciones, como en el Estado de Coahuila, donde policías estatales secuestraron a 73 personas y las entregaron al cártel de Los Zetas. La conclusión del grupo de expertos independientes de la ONU es que existen «indicios fundados» de que las desapariciones forzadas en el país constituyen crímenes de lesa humanidad y ha decidido llevar el caso de México ante la Asamblea General de la ONU «con carácter urgente».

El Gobierno mexicano rechaza la decisión del CED al considerarla «tendenciosa». La Federación Internacional por los Derechos Humanos (FIDH) la aplaude, al calificarla de «histórica». También están quienes no confían demasiado en la capacidad de la ONU como organismo capaz de generar cambios reales.

Visibilidad internacional 

«En general, no tengo muchas expectativas sobre las Naciones Unidas, aunque es cierto que ante el vacío tan grande que hay en México… la visibilidad internacional es importante y puede ser que envíen más recursos al país; hay una falta muy grande de recursos para la investigación y para la búsqueda de los desaparecidos», dice Patricia Aracil Santos, de la Colectiva Cereza.

Faltan pocos días para el comienzo del Mundial de Fútbol y las Madres Buscadoras ya se han movilizado, bloqueando carreteras y tapizado de fotografías las calles aledañas al Estadio Azteca con fotos de personas ausentes.

Ciudad de México se encuentra a más de mil kilómetros de la casa de Kenia García Chulin, por lo que la joven no participará en las movilizaciones, pero celebra las protestas que ya empiezan a asomar en torno a este evento deportivo: cuantas más voces se alcen, dice, más difícil será seguir vendiendo al exterior una versión de México que no existe. También ha encontrado su propia forma para protestar: un reel con las fotografías de sus familiares y de otras personas desaparecidas de Chiapas con la camiseta de la selección mexicana puesta, como si fueran cromos del álbum de Panini. «El álbum que nadie quiere completar», dice el reel.

Artículo publicado en El Gara el 10 de junio de 2026.

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